martes, 14 de febrero de 2012

LA DEMOCRACIA - según Nicolás Gómez Dávila

LA DEMOCRACIA - según Nicolás Gómez Dávila:

LA DEMOCRACIA - según Nicolás Gómez Dávila

(presentamos a continuación un célebre texto de don Nicolás sobre la democracia. En él, gómez Dávila hace una auténtica demolición de la "teología" Gnóstica que subyace a los planteamiento democráticos y nos muestra la verdadera faz de ese nuevo ídolo con pies de barro que ha subyugado a la conciencia occidental)
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Indiferente a la originalidad de mis ideas, pero celoso de su coherencia, intento trazar aquí un es­quema que ordene, con la menor arbitrariedad po­sible, algunos temas dispersos, y ajenos. Amanuense de siglos, sólo compongo un centón[1] reaccionario.

Si un propósito didáctico me orientara, habría es­cuchado sin provecho la dura voz reaccionaria. Su escéptica confianza en la razón nos disuade tanto de las aseveraciones enfáticas, como la de las im­pertinencias pedagógicas. Para el pensamiento re­accionario, la verdad no es objeto que una mano entregue a otra mano, sino conclusión de un proce­so que ninguna impaciencia precipita. La enseñanza reaccionaria no es exposición dialéctica del univer­so, sino diálogo entre amigos, llamamiento de una libertad despierta a una libertad adormecida.


Demasiado consciente de fundarse sobre eviden­cias circunscritas, sobre raciocinios cuya validez se confina en determinados universos de discurso, so­bre un cauteloso acecho a la novedad de la vida, el pensamiento reaccionario teme la postiza simetría de los conceptos, los automatismos de la lógica, la fascinación de las simplificaciones ligeras, la falacia de nuestro anhelo de unidad.

Estas páginas sistemáticas no descuidan sus pre­ceptos. Para un pensamiento precavido, los siste­mas no degeneran en retórica de ideas. Lejos de paralizarnos en una complacencia dogmática, los sistemas nos obligan a una creciente perspicacia. Ante el sistema, donde se objetiva y se plasma, el pensamiento se asume. Su espontaneidad ciega se muda en conciencia de sus postulados, de su es­tructura, y de sus fines. Cada sistema sucesivo viola sucesivas inocencias. Cada sistema restaura una meditación que nos libera.

Este parcial intento es artificio de un pensamiento reaccionario. Morada pasajera de un huésped obsti­nado. No inicio catequización alguna ni ofrezco recetarios prácticos. Ambiciono, tan solo, trazar una curva límpida.

Tarea ociosa. Lucidez estéril. Pero los textos reac­cionarios no son más que estelas conminatorias en­tre escombros.

El diálogo entre democracias burguesas y demo­cracias populares carece de interés, aun cuando no carezca de vehemencia, ni de armas.

Tanto capitalismo y comunismo, como sus formas híbridas, vergonzantes o larvadas, tienden, por ca­minos distintos, hacia una meta semejante. Sus par­tidarios proponen técnicas disímiles, pero acatan los mismos valores. Las soluciones los dividen; las am­biciones los hermanan. Métodos rivales para la consecución de un fin idéntico. Maquinarias diversas al servicio de igual empeño.

Los ideólogos del capitalismo no rechazan el ideal comunista; el comunismo no censura el ideal bur­gués. Al investigar la realidad social del concurren­te, para denunciar sus vicios, o disputar la identificación exacta de sus hechos, ambos juzgan con criterio análogo. Si el comunismo señala las con­tradicciones económicas, la alienación del hombre, la libertad abstracta, la igualdad legal de las socie­dades burguesas, el capitalismo subraya, paralela­mente, la impericia de la economía, la absorción totalitaria del individuo, la esclavitud política, el res­tablecimiento de la desigualdad real en las socieda­des comunistas. Ambos aplican un mismo sistema de normas, y su litigio se limita a debatir la función de determinadas estructuras jurídicas. Para el uno la propiedad privada es estorbo, para el otro, estí­mulo; pero ambos coinciden en la definición del bien que la propiedad estorba o estimula.

Aunque insistan ambos sobre la abundancia de bienes materiales que resultará de su triunfo, y aun cuando sean ambos augurios de hartazgo, tanto la miseria que denuncian como la riqueza que enco­mian sólo son las más obvias especies de lo que rechazan o ambicionan. Sus tesis económicas son vehículo de aspiraciones fabulosas.

Ideologías burguesas e ideologías del proletaria­do son, en distintos momentos, y para distintas cla­ses sociales, portaestandartes rivales de una misma esperanza. Todas se proclaman voz impersonal de la misma promesa. El capitalismo no se estima ideo­logía burguesa sino construcción de la razón huma­na; el comunismo no se declara ideología de clase sino porque afirma que el proletariado es delegado único de la humanidad. Si el comunismo denuncia la estafa burguesa, y el capitalismo el engaño comu­nista, ambos son mutantes históricos del principio democrático; ambos ansían una sociedad donde el hombre se halle, en fin, señor de su destino.

Rescatar al hombre de la avaricia de la tierra, de las lacras de su sangre, de las servidumbres sociales es su común propósito. La democracia espera la re­dención del hombre, y reivindica para el hombre la función redentora.

Vencer nuestro atroz infortunio es el más natural anhelo del hombre, pero sería irrisorio que el ani­mal menesteroso, a quien todo oprime y amenaza, confiara en su sola inteligencia para sojuzgar la ma­jestad del universo si no se atribuyese una dignidad mayor y un origen más alto. La democracia no es procedimiento electoral, como lo imaginan católi­cos cándidos; ni régimen político como lo pensó la burguesía hegemónica del siglo XIX; ni estructura social como lo enseña la doctrina norteamericana; ni organización económica como lo exige la tesis comunista.

Quienes presenciaron la violencia irreligiosa de las convulsiones democráticas creyeron observar una sublevación profana contra la alienación sagrada. Aun cuando la animosidad popular sólo estalle esporádicamente en tumultos feroces o burlescos, una crítica sañuda del fenómeno religioso y un lai­cismo militante acompañan, sorda y subrepticiamen­te, la historia democrática. Sus propósitos explícitos parecen subordinarse a una voluntad más honda —a veces oculta, a veces pública, callada a veces, a ve­ces estridente— de secularizar la sociedad y el mun­do. Su fervor irreligioso, y su recato laico, proyectan limpiar las almas de todo excremento místico.

Sin embargo, otros observadores de sus instantes críticos o de sus formas extremas han repetidamente señalado su coloración religiosa. El dogmatismo de sus doctrinas, su propagación infecciosa, la consa­gración fanática que inspira, la confianza febril que despierta han sugerido paralelos inquietantes. La sociología de las revoluciones democráticas resucita categorías elaboradas por la historia de las religio­nes: profeta, misión, secta. Metáforas curiosamente necesarias.

El aspecto religioso del fenómeno democrático suele explicarse de dos maneras distintas: para la sociología burguesa, las semejanzas resultan del sa­cudimiento que tumultos sociales propagan en los estratos emotivos en donde estiman que la religión se origina; para la sociología comunista, la simili­tud confirma el carácter social de las actitudes reli­giosas. Allí toda emoción intensa asume formas religiosas; aquí toda religión es disfraz de fines sociales.

La sociología burguesa no alcanza la penetración de las tesis marxistas. Las vagas genealogías con que se satisface no se comparan a la identificación precisa que el marxismo define. El rigor del sistema marxista lo precave de equívocos; espejo de la ver­dad, podría decirse que basta invertirlo para no errar.

Las filosofías de la historia, más que síntesis ambi­ciosas son herramientas del conocimiento históri­co. Cada filosofía se propone definir la relación entre el hombre y sus actos.

El problema de la filosofía de la historia es de una generalidad absoluta porque todo objeto de la con­ciencia es acto anteriormente a la definición de su estatuto metafísico, que es acto también. La manera de definir la relación entre el hombre y sus actos determina toda explicación del universo.

Las definiciones filosóficas de la relación concre­ta son teorías de la motivación humana. Las teorías interrogan los hechos para despertarlos de su iner­cia insignificativa, y penetran, como nexos inteligi­bles, en su masa amorfa. Ninguna teoría es falsa porque la relación concreta es estructura compleja y rica; pero cada una, aisladamente, sacrifica la es­pesa trama histórica a una ordenación arbitraria y descarnada. Para evitar falsificaciones patentes, el historiador emplea, simultánea o sucesivamente, las diversas teorías propuestas: urgencia del instinto, determinación étnica, condicionamiento geográfi­co, necesidad económica, progresión intelectual, propósito axiológico, resolución caprichosa; pero aún si el tacto de la imaginación lo protege de las torpezas sistemáticas, la incoherencia de su proce­dimiento lo limita a una yuxtaposición casual de factores. Las diversas teorías no forman sendos sistemas cerrados, ni su agrupación accidental sobre­pasa aciertos esporádicos y fortuitos.

Toda situación histórica encierra la totalidad de motivaciones posibles (con una predominancia al­ternada), y las concretas configuraciones de motivos dependen de un principio general que las ordena. A cualquier tipo de motivación a que preferencialmente pertenezca, y en cualquier configuración en donde se sitúe, todo acto cualquiera se halla orientado por una opción religiosa previa.

Tanto los encadenamientos lineales de actos de igual especie, como los vínculos entre agrupaciones de actos heterogéneos, son función de su campo religioso. El individuo ignora usualmente la opción primigenia que lo determina; pero el rumbo de sus instintos, la pre­eminencia de tal o cual carácter étnico, la prevalencia de diversas influencias geográficas, la vigencia de determinada necesidad económica, la preponderación de ciertas conclusiones especulativas, la validez de unos u otros fines, la primacía de voliciones distintas, son efectos de una opción radical ante el ser, de una postura básica ante Dios.

Todo acto se inscribe en una multitud simultánea de contextos; pero un contexto unívoco, inmoto y último los circunscribe a todos. Una noción de Dios, explícita o tácita, es el contexto final que los ordena.

La relación entre el hombre y sus actos es una relación mediatizada. La relación entre el hombre y sus actos es relación entre definiciones de Dios y actos del hombre. El individuo histórico es su opción religiosa.

Ninguna situación concreta es analizable sin resi­duos o dilucidable coherentemente mientras no se determine el tipo de fallo teológico que la estruc­tura. El análisis religioso que permite dibujar las articulaciones de la historia, la disposición interna de los hechos, y el orden auténtico de la persona es de carácter empírico, y no presupone, ni para definir­lo, ni para aplicarlo, una fe cualquiera. Sin presumir la objetividad de la experiencia religiosa, constatan­do tan solo su realidad fenomenal, el análisis la asume, metódicamente, como factor determinante de toda condición concreta.
Sólo el análisis religioso, al sondar un hecho de­mocrático cualquiera, nos esclarece la naturaleza del fenómeno y nos permite atribuír a la democracia su dimensión exacta. Procediendo de distinta manera nunca logramos establecer su definición genética, ni mostrar la coherencia de sus formas, ni relatar su historia.

La democracia es una religión antropoteísta. Su principio es una opción de carácter religioso, un acto por el cual el hombre asume al hombre como Dios.

Su doctrina es una teología del hombre-dios; su práctica es la realización del principio en comporta­mientos, en instituciones y en obras.

La divinidad que la democracia atribuye al hom­bre no es figura de retórica, imagen poética, hipérbole inocente, en fin, sino definición teológica es­tricta. La democracia nos proclama con elocuencia, y usando de un léxico vago, la eminente dignidad del hombre, la nobleza de su destino o de su ori­gen, su predominio intelectual sobre el universo de la materia y del instinto. La antropología democráti­ca trata de un ser a quien convienen los atributos clásicos de Dios.

Las religiones antropoteístas forman un grupo homogéneo de actitudes religiosas que no es lícito confundir con las teologías panteístas. El dios del panteísmo es el universo mismo como vuelo de un gran pájaro celeste; para el antropoteísmo el uni­verso es estorbo o herramienta del dios humano.

El antropoteísmo, ante la miseria actual de nues­tra condición, define la divinidad del hombre como una realidad pasada, o como una realidad futura. En su presente de infortunio el hombre es un dios caí­do o un dios naciente. El antropoteísmo plantea un primer dilema al dios bifronte.

Las cosmogonías órficas y las sectas gnósticas son antropoteísmos retrospectivos; la moderna religión democrática es antropoteísmo futurista. Aquellas son doctrina de una catástrofe cósmica, de un dios desmembrado, de una luz cautiva; ésta es doctrina de una teogonía dolorosa.

El antropoteísmo retrospectivo es un dualismo sombrío; el antropoteísmo futurista, un monismo jubiloso. La doctrina dualista enseña la absorción del hombre en la materia prava[2] y el retorno penoso a su esplendor pretérito; la doctrina monista anuncia la germinación de su gloria. Dios prisionero en la torpe inercia de su carne, o dios que la materia levanta como su grito de victoria. El hombre es ves­tigio de su condición perdida, o arcilla de su condi­ción futura.

Antropoteísmos dualistas y antropoteísmo monista son anomismos éticos. Ambos se compactan en secta de elegidos. Ambos son insurrecciones metafísicas.

La doctrina democrática es una superestructura ideológica, pacientemente adaptada a sus postula­dos religiosos. Su antropología tendenciosa se pro­longa en apologética militante. Si la una define al hombre de manera compatible con su divinidad postulada, la otra, para corroborar el mito, define al universo de manera compatible con esa artificiosa definición del hombre. La doctrina no tiene finali­dad especulativa. Toda tesis democrática es argu­mento de litigante, y no veredicto de juez.

Una breve definición mueve su máquina doctri­nal.

Con el fin de cumplir su propósito teológico, la antropología democrática define al hombre como voluntad.

Para que el hombre sea dios, es forzoso atribuirle la voluntad como esencia, reconocer en la voluntad el principio y la materia misma de su ser. La volun­tad esencial, en efecto, es suficiencia pura. La volun­tad esencial es atributo tautológico de la autonomía absoluta. Si la esencia de un ser no es su voluntad el ser no es causa de sí mismo sino efecto del ser que determina su esencia. Si la esencia humana excede la voluntad del hombre ese excedente lo sujeta a una voluntad externa. El hombre democrá­tico no tiene naturaleza sino historia: voluntad in­violable que su aventura terrestre disfraza pero no altera.

Si la voluntad es su esencia el hombre es libertad pura porque la libertad es determinación autónoma. Voluntad esencial, el hombre es esencial libertad. El hombre democrático no es libertad condicionada, li­bertad que una naturaleza humana supedita, sino li­bertad total. Sólo sus actos libres son actos de su esencia, y lo que aminora su libertad lo corroe. El hombre no puede someterse sin dimitir. Su libertad no prescribe porque una esencia no prescribe.

Como su libertad no es concesión de una volun­tad ajena sino acto analítico de su esencia la auto­nomía de la voluntad es irrestricta, y su soberanía, perfecta. Sólo la volición gratuita es legítima, por­que sólo ella es soberana.

Siendo soberana, la voluntad es idéntica en to­dos. Accidentes que no alteran la esencia nos distin­guen. La diferencia entre los hombres no afecta la naturaleza de la voluntad en ninguno, y una des­igualdad real violaría la identidad de esencia que los funda. Todos los hombres son iguales a pesar de su variedad aparente.

Para la antropología democrática los hombres son voluntades libres, soberanas e iguales.

Después de asentar su definición antropológica la doctrina procede a elaborar las cuatro tesis ideo­lógicas de su apologética.

La primera, y la más obvia, de las ideologías de­mocráticas es el ateísmo patético.

La democracia no es atea porque haya compro­bado la irrealidad de Dios sino porque necesita ri­gurosamente que Dios no exista. La convicción de nuestra divinidad implica la negación de su existen­cia. Si Dios existiese el hombre sería su criatura. Si Dios existiese el hombre no podría palpar su divi­nidad presunta. El Dios trascendente anula nuestra inútil rebeldía. El ateísmo democrático es teología de un dios inmanente.

Para confirmar nuestra divinidad problemática el ateísmo enseña que los otros dioses son inventos del hombre: hijos del terror o del sueño; símbolos de la sociedad o de nuestras raíces obscenas; mitos que cumplen la alienación suprema. La democracia afirma que la carroña de la libertad humana es cuna de los enjambres sagrados.

La idea del progreso es la teodicea[3] del antropoteísmo futurista, la teodicea del dios que despierta desde la insignificancia del abismo. El progreso es la justificación de la condición actual del hombre y de sus ulteriores teofanías.

El ser que reprime, con ritos precarios, el murmullo de su animalidad recalcitrante no cree en su divinidad oculta sino imagina que la materia primitiva es máqui­na productora de dioses. Si un proceso de perfeccionamiento inevitable no suplanta la reiteración del tiempo, si lo complejo no proviene de lo simple, si lo inferior no engendra los términos superiores de las series, si la razón no emerge de una neutralidad pretérita, si la noche no es preparación evangélica a la luz, si el bien no es faz del mal arrepentido, el hombre no es dios. No bastan las recetas que almacena para que su inteligencia presienta, en el cálculo de comportamientos externos, premisas de su omnisciencia futura. No basta la leve impronta de sus gestos sobre la corte­za de la tierra para presumir que la astucia de sus manos le prepara una omnipotencia divina. El progre­so es dogma que requiere una fe previa.

Para garantizar al hombre que transformará el uni­verso y logrará labrarlo a la medida de su anhelo la democracia enseña que nuestro esfuerzo demiúrgico prolonga el ímpetu que solevanta la materia. Que el motor del progreso sea una dialéctica interna, un pasaje de la homogeneidad primitiva a una hetero­geneidad creciente, una serie de emergencias suce­sivas, o el empeño atrevido de un aborto de la necesidad, la doctrina supone que un demiurgo au­sente, desde su inexistencia primera, elabora el ali­mento de su epifanía futura.

La teoría de los valores es la más espinosa empresa de la ideología democrática. Ateísmo y progreso sólo piden una retórica enfática porque la existencia de Dios no es obvia, porque un simple ademán hacia el futuro confirma la fe de un progresista vacilante; mientras que la presencia de valores es hecho que anula los postulados democráticos con insolencia tranquila.

Si placer y dolor ya muestran una independencia inquietante, ¿qué subsiste de nuestra divinidad proclamada si la verdad nos ata a una naturaleza de las cosas, si el bien obliga como un llamamiento irresistible, si la belleza existe en la pulpa del objeto? Si el hombre no es el supremo hacedor de los valores el hombre es un viajero taciturno entre misterios, el hom­bre atraviesa los dominios de un incógnito monarca.

Según la doctrina democrática el valor es un esta­do subjetivo que comprueba la concordancia entre una voluntad y un hecho. La objetividad del valor es función de su generalidad empírica, y su carácter normativo proviene de su referencia vital. Valor es lo que la voluntad reconoce como suyo.

La reducción del valor a su esquema básico pro­cede con astucias diversas. Ciertas teorías prefieren una reducción directa, y enseñan que valor es mera­mente lo que el hombre declara serlo. Pero las teo­rías más usuales eligen rutas menos obvias. La función biológica, o la forma social, suplantan la voluntad desnuda y representan su manifestación concreta.

Placer y dolor aparecen como síntomas de una vida que se cumple o que fracasa; el bien es el sig­no de un feliz funcionamiento biológico o de un acto propicio a la supervivencia social; la belleza es indicio de una posible satisfacción de instintos, de una exaltación posible de la vida, o expresión au­téntica de un individuo, reflejo auténtico de una sociedad; verdad, en fin, es el arbitrio que facilita el apoderamiento del mundo. Éticas utilitarias o socia­les, estéticas naturalistas o expresionistas, epistemo­logías pragmáticas o instrumentales intentan reducir el valor a su esquema prepuesto y no son más que artefactos ideológicos.
La última tesis de la apologética democrática es el determinismo universal. Para afianzar sus profecías, la doctrina necesita un universo rígido. La acción eficaz requiere un comportamiento previsible, y la indeterminación casual suprime la certeza del pro­pósito. Como el hombre no sería soberano sino en un universo regido por una necesidad ciega, la doc­trina refiere a circunstancias externas los atributos del hombre. Si el mundo, la sociedad y el indivi­duo no son, en efecto, reductibles a meras constan­tes casuales, aún el empeño más tenaz, más inteligente y más metódico puede fracasar ante la naturaleza inescrutable de las cosas, ante la insospechable his­toria de las sociedades, ante las imprevisibles deci­siones de la conciencia humana. La libertad total del hombre pide un universo esclavizado. La soberanía de la voluntad humana sólo puede regentar cadáve­res de cosas.

Como un determinismo universal arrastra la liber­tad misma que lo proclama, la doctrina recurre, para esquivar la contradicción que la anula, a una acro­bacia metafísica que transporta al hombre, desde su pasividad de objeto, hasta una libertad de dios re­pentino.

Al realizarse en comportamientos, en institucio­nes y en obras, el principio democrático procede con severa coherencia. La aparente confusión de sus fenómenos patentiza la extraordinaria constancia de la causa. En circunstancias diversas los rumbos son distintos para que el propósito permanezca intacto.
Dos formas sucesivas del principio inspiran la prác­tica democrática: el principio como voluntad sobe­rana o como voluntad auténtica.

No concediendo legitimidad sino a la voluntad gratuita, la democracia individualista y liberal tradu­ce, en norma inapelable, los equilibrios momentá­neos de voluntades afrontadas en un múltiple mercado electoral. El correcto funcionamiento del mercado supone un campo raso expurgado de resabios éticos, escamondado de prestigios pretéritos, limpio de los despojos del pasado. La validez de las decisiones políticas y de las decisiones económi­cas es función de la presión que ejerce la voluntad mayoritaria. Las reglas éticas y los valores estéticos resultan del mismo equilibrio de fuerzas. Los meca­nismos automáticos del mercado determinan las normas, las leyes y los precios.

Para la democracia individualista y liberal la voli­ción es libre de obligaciones internas pero sin dere­cho de apelar a instancias superiores contra las normas populares, contra la ley formalmente pro­mulgada o contra el precio personalmente estable­cido. El demócrata individualista no puede declarar que una norma es falsa sino que anhela otra; ni que una ley no es justa sino que quiere otra; ni que un precio es absurdo sino que otro le conviene. La justicia, en una democracia individualista y liberal, es lo que existe en cualquier momento. Su estructu­ra normativa es configuración de voluntades, su es­tructura jurídica suma de decisiones positivas, y su estructura económica conjunto de actos realiza­dos.
La democracia individualista suprime toda institu­ción que suponga un compromiso irrevocable, una continuidad rebelde a la deleznable trama de los días. El demócrata rechaza el peso del pasado y no acepta el riesgo del futuro. Su voluntad pretende borrar la historia pretérita y labrar sin trabas la his­toria venidera. Incapaz de lealtad a una empresa remitida por los años su presente no se apoya so­bre el espesor del tiempo; sus días aspiran a la dis­continuidad de un reloj siniestro.

La sociedad regida por la primera forma del prin­cipio democrático inclina hacia la anarquía teórica de la economía capitalista y del sufragio universal.

El principio reviste su segunda forma cuando el uso de la libertad amenaza los postulados democrá­ticos. Pero la transformación de la democracia libe­ral e individualista en democracia colectiva y despótica no quebranta el propósito democrático ni adultera los fines prometidos. La primera forma contiene y lleva la segunda como una prolongación histórica posible y como una consecuencia teórica necesaria.

En efecto; si todos los hombres son voluntades li­bres, soberanas e iguales ninguna voluntad puede sojuzgar legítimamente a las otras; pero como la voluntad no puede tener más objeto legítimo que su pro­pia esencia, como toda voluntad que no tenga su esencia por objeto se niega y se anula, cualquier voluntad individual que no tenga por objeto su libertad, su soberanía y su igualdad peca contra su esencia auténtica, y puede ser legítimamente obligada por una voluntad recta a obedecerse a sí misma. No importa que la rebeldía contra su propia esencia sea acto de una sola voluntad, de una multitud de voluntades, de la cuasi totalidad de voluntades existentes en un ins­tante preciso o de la totalidad misma porque la doc­trina democrática necesariamente postula, frente a las voluntades pervertidas e insurrectas, una voluntad ge­neral proba consigo misma, leal a su esencia, cuya legitimidad puede ser representada por una sola vo­luntad recta. Mayoría, partido minoritario o individuo, la legitimidad democrática no depende de un meca­nismo electoral sino de la pureza del propósito.

La democracia colectivista y despótica somete las voluntades apóstatas a la dirección autocrática de cualquier nación, clase social, partido o individuo que encarne la voluntad recta. Para la democracia colectivista y despótica, la realización del propósito democrático prima sobre toda consideración cualquiera. Todo es lícito para fundar una igualdad real que permita una libertad auténtica donde la sobe­ranía del hombre se corona con la posesión del uni­verso. Las fuerzas sociales deben ser encauzadas con decisión inquebrantable hacia la meta apocalíptica, barriendo a quien estorbe, liquidando a quien resista. La confianza en su propósito co­rrompe al demócrata autoritario, que esclaviza en nombre de la libertad y espera el advenimiento de un dios en el envilecimiento del hombre.

La realización práctica del principio democrático re­clama, en fin, una utilización frenética de la técnica y una implacable explotación industrial del planeta.

La técnica no es producto democrático, pero el culto de la técnica, la veneración de sus obras, la fe en su triunfo escatológico, son consecuencias nece­sarias de la religión democrática. La técnica es la herramienta de su ambición profunda, el acto posesorio del hombre sobre el universo sometido. El demócrata espera que la técnica lo redima del pecado, del infortunio, del aburrimiento y de la muerte. La técnica es el verbo del hombre-dios.

La humanidad democrática acumula inventos téc­nicos con manos febriles. Poco le importa que el desarrollo técnico la envilezca o amenace su vida. Un dios que forja sus armas desdeña las mutilaciones del hombre.

Demonios y dioses nacen lejos de la mirada de los hombres, y su infancia se aletarga en moradas subterráneas. La religión democrática anida en las criptas medievales, en la sombra húmeda donde bullen las larvas de textos heréticos.

La predicación clandestina de mitos dualistas no calla bajo el despotismo de los emperadores orto­doxos. Los anatemas conciliares, las sentencias de los prefectos imperiales, los tumultos de la piedad popular, sofocan temporariamente la voz nefanda, pero sus ecos resucitan en villorrios montañeses, en conventículos de ciudades fronterizas y entre las legiones del imperio.

De sus tierras de exilio la evangelización dualista se propaga, lejos de la vigilante burocracia bizantina, hacia los laxos señoríos de Occidente. Las aguas de la turbia riada sumergen sedes episcopales y baten el granito del trono pontificio.

La sombra tutelar y sangrienta del tercer Inocencio restaura la unidad quebrada, pero en tierras aparta­das y distantes, en Calabria, sobre el Rhin, entre te­lares flamencos, una nueva religión ha nacido.

La moderna religión democrática se plasma cuan­do el dualismo bogomilo[5] y cátaro[6] se combina y fusiona con el mesianismo apocalíptico. En los pa­rajes de su nocturna confluencia una sombra ambi­gua se levanta.

La esperanza mesiánica que el cristianismo cum­ple, y a su vez renueva, irrita reiteradamente la fe­bril paciencia del hombre.

En inmensos aposentos de adobe y bitumen[7], crá­neos glabros, inclinados ante el monarca que apre­sa las manos sagradas, entonan himnos de victoria que un salmista plagia para la unción de reyezuelos. Las adulaciones irrisorias se transmutan bajo la lla­mada profética y el ungido terrestre prefigura al ungido divino. Cuando al templo destruído sólo su­cede un templo profano los temas mesiánicos es­parcen su intacta virulencia. La impotencia política azuza la esperanza mesiánica.

Mondado de sus excrecencias carnales, el mesia­nismo transmite a la Iglesia, sin embargo, el germen de sus terribles avideces. Muchedumbres esperan el descenso de la ciudad celeste y la primera encarna­ción del Paracleto[8] anuncia, entre profetisas desnu­das, las cosechas kiliásticas[9].

La expectativa de un terrestre reino de los santos exalta la piedad de solitarios y la miseria de las tur­bas. Anhelos del alma y venganzas de la carne em­briagan, con sus jugos ácidos, corazones contritos y vanidades crispadas. El mesianismo vulgar se nutre de los más nobles sueños y de las pasiones más viles.

Pero aún los mesianismos carnales esperan, como un don divino, la floración sangrienta. Los milenarismos militantes son arrebatos de impaciencia huma­na y no simulacros de omnipotencia divina.

Solamente cuando el rector de la horda geme­bunda, el constructor de la Jerusalén celeste, el juez del tribunal irrecusable, es el hombre mismo, el hom­bre solo; cuando el dios caído de las heterodoxias gnósticas se confunde con la hipóstasis soteriológica[10] de la teología trinitaria; solamente cuando el Mesías prometido es la humanidad divinizada; solamente entonces el hombre-dios de la religión democrática se yergue, lentamente, de su lodo humano.
Al abandonar la penumbra de su incubación furtiva, la religión democrática se propaga a través de los siglos elaborando, con maligna astucia, la superestructura colosal de sus ideologías sucesi­vas. Hija del orgullo humano, todo lo que inflama el orgullo enciende la fuliginosa antorcha. Su pro­pagación no requiere sino que el orgullo fulgure porque una nube fugaz vela el sol inteligible. Pero el orgullo mismo crea las tinieblas donde sólo su propia luz resplandece.

Toda conversión acaece en las recámaras del alma, donde la libertad se rinde a las instigaciones del orgullo. Nada existe que no pueda seducirnos; una virtud que se deslumbra a sí misma, un vicio que se desfigura a sus propios ojos. Basta que un solo tema nos adule para que acatemos la doctrina entera. Cuando hemos sucumbido a la servil insidia, el des­orden aparente de nuestros actos obedece a una presión que lo orienta.


Como la doctrina democrática puede exhibir en cualquier instante y en cualquier individuo la suma íntegra de sus consecuencias teóricas, su historia no presenta un desenvolvimiento doctrinal sino una progresiva posesión del mundo.

La democracia registra su bautismo sobre la faz escarnecida de Bonifacio VIII. El gesto procaz envuelve en la púrpura de su insulto, como en un sudario pontificio, el Sacro Imperio[11] agonizante y la sombra indiferente de los grandes papas medieva­les. Los legistas cesáreos[12] resucitan para restaurar la potestad tribunicia. El estado moderno ha nacido.

La proclamación de la soberanía del estado nece­sita varios siglos pero las reformas políticas y los separatismos religiosos que la preparan son suce­sos que una firme voluntad usurpa o elabora. Los estados nacionales son retorta del estado soberano.

Antes de decretar la soberanía del hombre, la empresa democrática deslinda el recinto donde la promulgación parezca lícita. En el laberinto jurídico del estado medieval la predicación tropieza contra la libertad patrimonial de algunos, contra las usur­paciones sancionadas de otros, contra los fueros naturales de todos. Pero el estado que se estima solo juez de sus actos e instancia final de sus plei­tos, que no acata sino la norma que su voluntad adopta y cuyo interés es la suprema ley, puede cons­tituirse en dios secularizado.

Al proclamar la soberanía del estado, Bodin conce­de al hombre el derecho de concertar su destino. El estado soberano es la primera victoria democrática.

El estado soberano es un proyecto jurídico que el absolutismo monárquico realiza; y los legistas del rey de Francia no son los servidores de una raza sino de una idea. El monarca combate los poderes feudales, los fueros provinciales, los privilegios ecle­siásticos —para que nada restrinja su soberanía— por­que el estado debe abolir todo derecho que pretenda precederlo, toda libertad que pretenda limitarlo. La jurisdicción monárquica invade las jurisdicciones señoriales; la autoridad pública suprime la autono­mía comunal; el reformismo estatal reemplaza la lenta mutación de las costumbres; y el despotismo legis­lativo suplanta estructuras contractuales y pactadas. El absolutismo enerva las fuerzas sociales y fabrica una burocracia centralista que, al usurpar la función política, transforma los súbditos del rey en siervos del estado.

La soberanía del estado moderno se plasma en pluralismo de estados soberanos en cuyo inestable equilibrio incuba la virulencia nacionalista que co­rona sendos centralismos sofocantes con imperialis­mos truculentos.

Como todo episodio democrático suscita, en sus más fervientes propulsores, un espasmo de angustia ante la pretensión que se desenmascara, cada forma de la doctrina comporta una copia negativa que parece, tan solo, su imagen descolorida y pálida, pero que es, en verdad, un reflejo reaccionario ante el abismo. A medida que las supervivencias medie­vales se extinguen, la historia de la democracia se reduce al conflicto entre su principio puro y sus re­celos reaccionarios, larvados en supositicias[13] alterna­tivas democráticas.

A la soberanía del estado contesta el derecho di­vino de los reyes, que no es formulación religiosa del absolutismo político sino la más eficaz manera doctrinal de negarlo. Proclamar el derecho divino del monarca es desmentir su soberanía y repudiar la irrecusable validez de sus actos. Sobre el monarca de derecho divino imperan, jurídicamente, con la religión que lo unge, el derecho natural que lo pre­cede y la moral que lo conmina.

El cadalso del trágico Enero alzaría una imagen meramente patética si hubiesen asesinado tan solo un delegado impotente del despotismo monárquico, pero la imposibilidad de ratificar un cisma, violentan­do su conciencia, lleva al Borbón flácido y tonto [Luis XVI], entre el silencio de cien mil personas, y bajo el redoble de tambores, hasta el más noble de sus tronos.

La segunda etapa de la invasión democrática se ini­cia cuando el hombre reclama, en el marco del estado soberano, la soberanía que la doctrina le concede.

Toda revolución democrática consolida al estado. El pueblo revolucionario no se alza contra el estado omnipotente sino contra sus posesores momentáneos. El pueblo no protesta contra la soberanía que lo opri­me sino contra sus detentadores envidiados. El pue­blo reivindica la libertad de ser su propio tirano.

Al proclamar la soberanía popular, Rousseau anti­cipa su realización plenaria pero forja la herramien­ta jurídica de las codicias burguesas.

El heredero de las soberanías estatales, el monar­ca pululante de las sociedades allanadas, se precipi­ta sobre un mundo cedido a la avidez de su apetito utilitario. La tesis de la soberanía popular troza los ligamentos axiológicos de la actividad económica para que suceda a la búsqueda de un sustento con­gruo el afán de una riqueza ilimitada. La expansión burguesa agarrota el planeta en la red de sus trajines insaciables.

La era democrática presenta un incomparable de­sarrollo económico porque el valor económico es parcialmente dúctil a los postulados democráticos. El valor económico tolera una indefinida dilatación caprichosa y su núcleo sólido se expande en elásti­cas configuraciones arbitrarias. El hombre no es soberano, tampoco, de los valores económicos; pero la posible alternancia de todos, y el carácter artifi­cial de muchos, permiten que el hombre presuma, ante ellos, una soberanía que el resto del universo le niega. El valor económico es el menos absurdo emblema de nuestra soberanía quimérica.

Un notorio predominio de la función económica caracteriza la sociedad burguesa, donde la econo­mía determina la estructura, fija la meta y mide los prestigios. El poder económico en la sociedad bur­guesa no acompaña meramente, y da lustre, al po­der social, sino lo crea; el demócrata no concibe que la riqueza, en sociedades distintas, resulte de los motivos que fundan la jerarquía social.

La veneración de la riqueza es fenómeno demo­crático. El dinero es el único valor universal que el demócrata puro acata porque simboliza un trozo de naturaleza servible y porque su adquisición es asig­nable al solo esfuerzo humano. El culto del trabajo con que el hombre se adula a sí mismo es el motor de la economía capitalista; y el desdén de la riqueza hereditaria, de la autoridad tradicional de un nom­bre, de los dones gratuitos de la inteligencia o la be­lleza, expresa el puritanismo que condena, con orgullo, lo que el esfuerzo del hombre no se otorga[14].

La tesis de la soberanía popular entrega la dirección del estado al poder económico. La clase portadora de la esperanza democrática encabeza, inevitablemente, su agresión contra el mundo. El sufragio universal elige, en sus comicios, los más vehementes defen­sores de las aspiraciones populares; pero los parla­mentarios elegidos gobiernan, con la burguesía que absorbe los talentos, para la burguesía que multipli­ca la riqueza.

Los mandatarios burgueses del sufragio prohíjan el estado laico para que ninguna intromisión axiológica perturbe sus combinaciones. Quien tolera que un reparo religioso inquiete la prosperidad de un negocio, que un argumento ético suprima un ade­lanto técnico, que un motivo estético modifique un proyecto político, hiere la sensibilidad burguesa y traiciona la empresa democrática.

La tesis de la soberanía popular entrega, a cada hombre, la soberana determinación de su destino. Soberano, el hombre no depende sino de su capri­chosa voluntad. Totalmente libre, el solo fin de sus actos es la expresión inequívoca de su ser. La rapiña económica culmina en un individualismo mezqui­no, por el cual la indiferencia ética se prolonga en anar­quía intelectual. La fealdad de una civilización sin estilo patentiza el triunfo de la soberanía promulga­da, como si una vulgaridad impúdica fuese el trofeo apetecido por las faenas democráticas.[16] En las llamas de la proclamación inepta, el individuo arroja, como ropajes hipócritas, los ritos que lo amparan, las con­venciones que lo abrigan, los gestos tradicionales que lo educan. En cada hombre liberado, un simio ador­mecido bosteza y se levanta.

La aprensión reaccionaria, que provoca cada epi­sodio democrático, inventa la teoría de los derechos del hombre y el constitucionalismo político para alambrar y contener las intemperancias de la sobe­ranía popular.

Las consecuencias de la tesis espantan a quienes la proclaman y les sugiere remediar su error ape­lando a imprescriptibles derechos del hombre. El proyecto revela su origen reaccionario a pesar de su endeble argumentación metafísica porque subs­traer al pueblo soberano una fracción de su poder presunto, por medio de una declaración solemne de principios o de una constitución taxativa de de­rechos, es una felonía contra los postulados democráticos.

El liberalismo político hereda el ingrato deber de sofrenar las pretensiones que parcialmente com­parte. La confusión intelectual que lo caracteriza y la lealtad dividida que lo enerva le impiden aco­gerse a su franca estirpe reaccionaria, y lo desig­nan, como víctima estupefacta e inerme, a la violencia democrática. Pero el liberalismo mantu­vo, a pesar de su incompetencia teórica, vestigios de sagacidad política.

La tercera etapa de la conquista democrática es el establecimiento de una sociedad comunista.

El esquema clásico del Manifiesto no requiere rec­tificación alguna: la burguesía procrea el proletaria­do que la suprime.

La sociedad comunista surge del proceso que en­gendra un proletariado militante, una agrupación so­cial pulverizada en individuos solitarios y una economía cuya integración creciente necesita una autoridad coordinada y despótica; pero tanto el pro­ceso mismo como su triunfo político resultan del propósito religioso que lo sustenta. El comunismo no es una conclusión dialéctica, sino un proyecto deliberado.

En la sociedad comunista la doctrina democráti­ca desenmascara su ambición. Su meta no es la feli­cidad humilde de la humanidad actual sino la creación de un hombre cuya soberanía asuma la gestión del universo. El hombre comunista es un dios que pisa el polvo de la tierra.

Pero el demiurgo humano sacrifica la libertad posible del hombre en aras de su libertad total. Si la indocilidad de la carne irrita su benevolencia divi­na, y reclama una pedagogía sangrienta, el mito que lo embriaga le certifica la inocencia del terror. Sin embargo, un entusiasmo pueril lo protege, aún, de las abyecciones postreras.

El propósito democrático extingue, lentamente, las luminarias de un culto inmemorial. En la soledad del hombre, ritos obscenos se preparan.

El tedio invade el universo donde el hombre no halla sino la insignificancia de la piedra inerte o el reflejo reiterado de su cara lerda. Al comprobar la vanidad de su empeño, el hombre se refugia en la guarida atroz de los dioses heridos. La crueldad so­laza su agonía.

El hombre olvida su impotencia y remeda la om­nipotencia divina ante el dolor inútil de otro hom­bre a quien tortura.

En el universo del dios muerto y del dios aborta­do, el espacio, atónito, sospecha que su oquedad se roza con la lisa seda de unas alas.

Contra la insurrección suprema una total rebeldía nos levanta. El rechazo integral de la doctrina de­mocrática es el reducto final, y exiguo, de la libertad humana. En nuestro tiempo la rebeldía es reaccio­naria o no es más que una farsa hipócrita y fácil.



[1] m. Obra literaria, en verso o prosa, compuesta con sentencias y expresiones de autores diversos. (Real Academia de la Lengua).
[2] Adjetivo: Perverso, malvado y de dañadas costumbres. (Real Academia de la Lengua).
[3] Teodicea es el tratado o estudio o discurso “natural” sobre dios: lo que el hombre, sin nada que considere revelación o palabra venida de “fuera”, puede decir sobre el ser o los seres superiores.
[4] Determinismo significa rigidez, invariabilidad, funcionamiento mecánico perfectamente gobernable, leyes inmutables operantes en las cosas. Sin esto el hombre no sería “rey”, no podría gobernar, su voluntad libre sería como una burla.
[5] Esta curiosa palabra significa amigo de Dios y es de procedencia eslava. Gómez Dávila se refiere a las ideas dualistas nacidas en Bulgaria en la mente de un sacerdote que así mismo se llamó de ese modo.
[6] Los cátaros fueron unos herejes del cristianismo que, por criticar la estructura de la Iglesia y el ejercicio del poder de los eclesiásticos, y llamándose a sí mismo puros (eso significa el nombre) terminaron adoptando una fe distinta de la cristiana, maniquea.
[7] Betún.
[8] El Espíritu Santo, llamado así por ser abogado.
[9] Kliasta o milenarista es quien mantiene la creencia en un reinado político de Jesucristo que durará mil años (de allí ambos nombres).
[10] Soteriología es, en teología, el estudio de la salvación operada por Jesucristo, segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada como hombre perfecto. Hipóstasis es la palabra griega para persona. Unión hipostática es la que ocurrió en Jesucristo, una sola persona (la Segunda de la Santísima Trinidad) pero con dos naturalezas.
[11] Sacro Imperio Romano-Germánico se llamó el Imperio cristiano que “siguió” al Imperio Carolingio, que fue, a su vez, el intento de restablecer el antiguo Imperio Romano cristiano.
[12] Los conocedores y redactores de las leyes imperiales del César.
[13] Supuestas o fingidas.
[14] El puritanismo, aunque debería aceptar sus tesis fundacional protestante de la condición actual como señal de predestinación o condenación, rinde un culto espantoso al esfuerzo, al trabajo, a la obra de las propias manos: una especie de adoración al yo creador de la propia gloria.
[15] Quien no vea aquí el logro institucional y hecho cultura de la tentación satánica y de su consecuente control del mundo, tan notorio incluso sin comprender esta odiosa causa, o es un demócrata establecido en el poder, o es un rico avariento gozoso con su riqueza o su insaciable sed de ellas, o ya se ha creído un dios y no quiere que lo destronen del Olimpo en el que se ha instalado, imaginativamente, claro, pero con efectos bien reales.
[16] Se entiende así la defensa cerril del propio gusto para conservar la propia elección: tan solo “buena” por ser propia, sin autoridad concedida a nadie distinta del yo soberano.

domingo, 12 de febrero de 2012

La esclavitud y el Islam

La esclavitud y el Islam:
En 1949, la Asamblea General de la ONU pidió al Consejo Económico y Social que estudiara el problema de la esclavitud; cuatro años más tarde, la resolución 475 (XV) del CES, de 27 de abril de 1953, acordó el traspaso a las Naciones Unidas de las funciones que ejerció su antecesora –la Sociedad de Naciones– en virtud de la Convención sobre la Esclavitud, de 25 de septiembre de 1926. El Art. 1º de aquel tratado internacional definió la esclavitud como el estado o condición de un individuo sobre el cual se ejercitan los atributos del derecho de propiedad o algunos de ellos; estableciendo que la trata de esclavos comprende todo acto de captura, adquisición o cesión de un individuo para venderle o cambiarle; todo acto de cesión por venta o cambio de un esclavo, adquirido para venderle o cambiarle, y en general todo acto de comercio o de transporte de esclavos.

No hay duda de que la esclavitud ha existido desde la antigüedad en todas las culturas del mundo (desde la Mesopotamia de Hammurabi hasta la Europa que se lanzó al mar a descubrir nuevos mundos); pero mientras los movimientos abolicionistas que surgieron a finales del siglo XVIII, fueron alcanzando sus objetivos en el mundo Occidental a lo largo del XIX, en el ámbito musulmán, en cambio, permanecieron hasta el siglo XX e incluso se mantienen hoy en día. De hecho, la República Islámica de Mauritania ha sido el último país de la Tierra que la abolió –por tercera vez tras un Decreto colonial francés de 1905 y la primera Constitución de 1960– mediante la Ordonnance d'abolition de l'esclavage, de 9 de noviembre de 1981; y, aun así, el 9 de agosto de 2007, su Asamblea Nacional tuvo que criminalizar esta práctica con penas de hasta diez años de reclusión y cuantiosas multas porque, en determinadas regiones, se continuaba practicando en pleno siglo XXI. Según la ONG SOS-Esclaves Mauritanie, se calcula que aún afecta a más de un 15 por ciento de la población mauritana, porque esta institución se encuentra muy arraigada en sus costumbres tradicionales.

En su libro Cien preguntas sobre el Islam (Encuentro, Madrid, 2003), Samir Khalil Samir –un islamólogo egipcio y cristiano que reside en el Líbano– dice que La charía [ley islámica] se fundamenta en una triple desigualdad: entre hombre y mujer, entre musulmán y no musulmán, y entre hombre libre y esclavo. Con excepción de esta última, que apenas se da ya en la realidad, las otras dos siguen siendo válidas todavía.

En la sura de las abejas, el Corán dice: Dios propone un símil: un esclavo, propiedad de otro, incapaz de nada, y un hombre a quien Nosotros hemos proveído de bello sustento, del que da limosna, en secreto o en público. ¿Son, acaso, iguales? (C 16, 75); de igual modo, en la que se titula De los bizantinos propone una parábola: ¿Hay entre vuestros esclavos quienes participen del mismo sustento de que os hemos proveído, de modo que podáis equipararos en ello con ellos y les temáis tanto cuanto os teméis unos a otros? (C 30, 28). Asimismo, la esclavitud aparece mencionada al prescribir la Ley del Talión en los casos de homicidio: libre por libre, esclavo por esclavo, hembra por hembra (C 2, 178) y al citar las normas de educación y de modestia: casad (…) a vuestros esclavos y esclavas honestos (…) Extended la escritura a los esclavos que lo deseen si reconocéis en ellos bien, y dadles de la hacienda que Dios os ha concedido. Si vuestras esclavas prefieren vivir castamente, no les obliguéis a prostituirse (C 24, 32-33). Con estos cuatro ejemplos, queda claro que el libro sagrado de los musulmanes acepta la esclavitud y que también enseña que sus dueños los traten con gentileza.

De la lectura del Corán –que no deja de ser la primera fuente del Derecho Islámico– parece deducirse que, legalmente, cualquiera podría seguir teniendo esclavos; no obstante, la 19ª Conferencia Islámica de Asuntos Exteriores promulgó, en 1990, la Declaración de El Cairo sobre los Derechos Humanos en el Islam; donde, su Art. 11, establece que el ser humano nace libre. Nadie tiene el derecho de esclavizarlo, someterlo, sojuzgarlo o explotarlo. No hay sumisión sino hacia Alá el Altísimo. Aunque todo el contenido de esta declaración impone el hecho religioso a los Derechos Fundamentales y parte de la idea de que el Islam es la religión indiscutible (Art. 10), su forma de abordar la abolición de la esclavitud es un buen ejemplo de que el Islam también puede ir cambiando.

¡BLOGUEROS CATÓLICOS, NO DEJEN DE PROCLAMAR LA PALABRA ESCRITA!

¡BLOGUEROS CATÓLICOS, NO DEJEN DE PROCLAMAR LA PALABRA ESCRITA!:



En Su Palabra Dios ha entregado al hombre el conocimiento necesario para la ...


Hay que seguir porque la semilla (La Palabra) puede germinar cuando menos lo esperas, aun cuando, aparentemente, la tierra no promete las condiciones favorables para que la semilla germine, pero, ¡por la acción del ESPÍRITU, germina!, nace el encuentro y el compromiso sembrado en nuestro Bautismo.



Recemos, a la LUZ del ESPÍRITU SANTO, y no perdamos de vista que es ÉL, si se lo pedimos con fe y confianza, quien nos inspira y nos induce a escribir lo que debemos escribir según la Voluntad de DIOS. Quizás, muchas veces, no lo entendamos, pero, esos renglones torcidos de los que el ESPÍRITU se vale, serán enderezados cuando ÉL lo crea conveniente.



Ven ESPÍRITU SANTO, llena el corazón de
tus fieles; enciende en ellos la llama de
tu Amor. Envía tu ESPÍRITU y serán
creados.


Oh DIOS, que has iluminado los corazones de tus
hijos con la LUZ del ESPÍRITU SANTO:
Haznos dóciles a tu ESPÍRITU
para gustar siempre el
bien y gozar de tu
consuelo. Por
JESUCRISTO Nuestro SEÑOR. Amén.


Hay que seguir transmitiendo la Buena Noticia porque alguien puede estar esperando por esa gran Noticia. Alguien que busca y no la conoce, y tú o yo podemos ser el eslabón que el ESPÍRITU SANTO está suscitando para que a esa persona llegue la Palabra. Madre Teresa de Calcuta decía que el CRISTO vivo que recibimos bajo las especies de pan y vino en la Eucaristía, se nos presenta luego en la calle en el hermano desvalido, pobre, abandonado, olvidado o ansioso por conocer la Verdad, pues bien, bajo esa apariencia en los hermanos, está también JESÚS vivo y presente.



No podemos abandonar esta herramienta de la blogosfera y, por nuestra apatía, desánimo, inconstancias, trabajo u otras dificultades... Sabemos que nos cuesta, sabemos de nuestras limitaciones, de nuestras ocupaciones, pero siempre tendremos un momento de oración, que puede ser esas pequeñas palabras escritas para animar, para apoyar, para despertar...



Ánimo, amigos, esto es también evangelizar y, por supuesto, amar. Ahora, a las puertas de 2º Encuentro Blogueros católicos con el Papa, hagamos el esfuerzo de reunirnos, de conocernos, de ayudarnos, de aguantarnos, de comprendernos, de prepararnos, de enseñarnos, de amarnos, porque es ahí, en la comunidad, donde se descubre al SEÑOR.
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CÓMO SE CREABA ANTES CARDENALES

CÓMO SE CREABA ANTES CARDENALES:
CONSEJEROS DEL PAPA Y PRÍNCIPES DE LA IGLESIA

Las recientes modificaciones en las ceremonias de creación e investidura de los cardenales (que reducen al mínimo el antiguo fasto de la Iglesia con motivo de la exaltación de sus príncipes, considerados antaño los senadores del Papa) y el consistorio del próximo 22 de febrero constituyen una buena ocasión para referirnos al modo cómo se creaban, publicaban e investían cardenales hasta no hace mucho. El libro El Papa ha muerto, ¡Viva el Papa! del Rvdo. D. José-Apeles Santolaria de Puey y Cruells (documentado por colaborador habitual de esta página Rodolfo Vargas Rubio y elogiado por el cardenal Stickler, bibliotecario y archivero emérito de la Santa Iglesia Romana) le dedica al tema unas páginas enjundiosas que reproducimos a continuación, en la convicción de que darán a nuestros lectores una idea muy aproximada del tema.

La creación y publicación de nuevos cardenales

Si bien es cierto que los cardenales “hacen el Papa”, no lo es menos que es el Papa quien “hace los cardenales” o, mejor dicho, los crea. La precisión es importante. El Papa nombra un obispo, es decir, designa la persona que ha de regir una iglesia particular, pero dicha persona recibe directamente de Dios la plenitud del sacerdocio y, dentro de la comunión con Roma, ejerce su triple misión de enseñar, santificar y gobernar una porción de la Iglesia con un criterio propio, como cada uno de los sucesores de los Apóstoles. El Papa puede destituir a un obispo en virtud de su poder supremo, pero no puede retirarle la consagración: le quita la jurisdicción pero no el orden. En cambio, un cardenal es una “criatura” del Papa, el cual, lo mismo que “lo sacó de la nada”, puede “aniquilarlo”, es decir, hacer que deje de ser cardenal. En la Historia esto ya ha sucedido, como en tiempos de León X, que despojó de la dignidad cardenalicia a algunos miembros del Sacro Colegio por estar implicados en un intento de asesinato contra él.

La creación de un cardenal es una decisión personal y trascendental que ha de tomar el Papa sopesando razones de distinta índole, aunque el bien de la Iglesia debe estar siempre ante sus ojos. Normalmente, el Romano Pontífice trataba el asunto reunido con el Sacro Colegio reunido en consistorio secreto. El Santo Padre proponía el nombre de un eclesiástico al que considera digno de ser creado cardenal y hacía la pregunta ritual: “Quid vobis videtur?” (¿Qué os parece?). Esto acabó siendo una pura formalidad, ya que el Papa ni suele crear a nadie que no goce de cierto prestigio y sea conocido en los ambientes eclesiásticos, pero recordaba que en el pasado más de una creación provocó interminables y encendidas discusiones, como, por ejemplo, en la época de Julio II (el consistorio del 1º de diciembre de 1504 duró ¡once horas!). Los cardenales se quitaban el rojo solideo y, levantándose, hacían una inclinación silenciosa con la cual mostraban su aquiescencia. Una vez creado, el cardenal era inmediatamente publicado en el mismo consistorio, o sea se da a conocer su nombre.

En ocasiones Su Santidad toma una decisión personalísima y crea un cardenal in pectore. ¿Qué significa esto? Que, por causas extraordinarias, se reserva “en la intimidad de su augusto pecho” el nombre de la persona que ha escogido. Determinadas circunstancias le aconsejan, a veces, diferir la publicación de un nuevo cardenal, en cuyo caso el Papa comunica al interesado su creación mediante un billete personal y secreto o confía a otros dos cardenales (cuyo testimonio se ha considerado siempre fehaciente). Ello permite en teoría que, aun sin haber sido publicado o haber recibido el birrete, el creado pueda disfrutar de todas las prerrogativas del cardenalato y ser admitido a cónclave, lo que no podría suceder si el Papa observare el más riguroso sigilo sin comunicar a nadie su decisión, como frecuentemente es el caso. En este supuesto, al morir el Pontífice moriría con él su cardenal, su criatura. Cuando, por el contrario, por fin se publica el nombre, el cardenal goza de la antigüedad y precedencia de la fecha de creación in pectore, correspondiéndole los retrasos de las rentas que le correspondieren como príncipe de la Iglesia.

La entrega del biglietto

Una vez creado y publicado un cardenal, se hacía la comunicación oficial al agraciado mediante la consigna del biglietto o notificación escrita. Antes ésta se verificaba en medio de una ceremonia muy protocolaria. Se celebraba en uno de esos hermosos palacios romanos que son sede de algún colegio pontificio o congregación de la Curia, cuyo salón se hallaba decorado para la ocasión con tapices y plantas. En medio de una concurrencia escogida, se hallaba presente como por casualidad el neocardenal, que, se suponía, ignoraba su creación, aunque había sido previamente advertido. Al finalizar el consistorio secreto de creación y publicación de cardenales, un prelado era encargado de llevar al interesado, de parte de la Secretaría de Estado, el biglietto en el que se le comunicaba oficialmente la nueva de que su nombre había sido incluido en el número de los nuevos miembros del Sacro Colegio por voluntad del Santo Padre de concierto con su senado. El destinatario, recibido el pliego, lo abría y lo daba a su secretario, el cual lo leía en voz alta. Elbiglietto estaba redactado en latín. Emocionado, el flamante príncipe de la Iglesia era felicitado por todos los presentes y pronunciaba unas palabras de agradecimiento. Pablo VI simplificó la entrega del biglietto haciéndola colectiva. Todos los creados, en adelante, habían de reunirse en la misma sala, adonde acude el cardenal secretario de Estado, quien lee en italiano la comunicación oficial. La felicitación corre a cargo del decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede.

La imposición del birrete

La imposición del capelo marcaba la entrada oficial en el Colegio cardenalicio. La ceremonia durante la cual este acto tenía lugar antes de las reformas de Pablo VI y el beato Juan Pablo II era realmente imponente. Previamente había una imposición privada en consistorio semipúblico. Ese día acudían los nuevos cardenales al Palacio Apostólico Vaticano. Cada uno era acompañado por un maestro de cámara, un gentilhombre de capa y espada y un ayuda de cámara. Todo el grupo, escoltado por la guardia Suiza, subía a los apartamentos papales y hacía antesala en la Capilla de la Condesa Matilde. Anunciados por el antiguo Vicerregente de las Ceremonias, los cardenales iban entrando uno a uno en el Aula Consistorial, donde se hallaba el Santo Padre sentado sobre su trono. Después de hacer las tres genuflexiones prescritas, se arrodillaban delante del trono y besaban el pie del Papa. Éste imponía a cada uno la muceta y el birrete escarlata, hecho lo cual, los cardenales se levantaban y, después de besarle la mano, retrocedían manteniéndose frente al trono. El primero de los creados dirigía entonces un discurso de agradecimiento al Pontífice, quien les impartía al final la bendición apostólica. Un antiguo privilegio (ya abolido) permitía que la imposición del birrete la hicieran ciertos jefes de Estado católicos tanto en el caso de prelados oriundos de los respectivos países como de los nuncios apostólicos en ellos acreditados que hubieran sido creados cardenales.

La imposición del capelo

En los días sucesivos se verificaba la ceremonia cumbre de la imposición del capelo. Los recién creados prestaban el juramento de fidelidad en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico delante del cardenal decano del Sacro Colegio (el obispo de la sede suburbicaria de Ostia). Poco después, el Papa se revestía en el Aula de los Paramentos e iba en silla gestatoria hasta el Aula de las Bendiciones, detrás del balcón o loggia exterior de la fachada de San Pedro. Allí se sentaba sobre un trono, detrás del cual luce un tapiz representando la justicia, y daba comienzo al consistorio semipúblico. Los cardenales antiguos le tributaban obediencia. Un abogado consistorial empezaba entonces a perorar una causa cualquiera. En mitad del discurso, el Prefecto de las Ceremonias, interrumpiendo, exclamaba: “Recedant!” (¡Salgan!), momento en el que algunos de los cardenales presentes iban en busca de los nuevos. Éstos, tras besar el pie y la mano del Santo Padre y ser abrazados por él, eran invitados por el Prefecto de las Ceremonias a arrodillarse delante del trono. Uno a uno se acercaban, vestidos de escarlata y de armiño con la capa magna sostenida por un caudatario, y recibían de Su Santidad el rojo capelo con estas palabras:

“En alabanza de Dios Todopoderoso y para ornato de la Santa Sede Apostólica, recibe el rojo capelo, insignia propia de la dignidad cardenalicia, por el cual se significa que debes mostrate intrépido hasta la muerte y la efusión de sangre, por la exaltación de la Santa Fe, por la paz y tranquilidad del pueblo cristiano y por el feliz estado de la Santa Iglesia Romana”.

Cuando había impuesto todos los capelos, el Papa regresaba al Aula de los Paramentos, en tanto que los cardenales regresaban en procesión a la Capilla Paulina, donde postrados sobre cojines y con la cabeza cubierta con la capa, cantaban el Te Deum. Al teminar éste, el cardenal decano recitaba las oraciones “super creatos cardinales” y se daba inicio al consistorio secreto en el Aula Consistorial. Los nuevos cardenales iban arrodillándose ante el trono del Papa, el cual abría y cerraba sus bocas –como símbolo de la obligación de aconsejar al Papa y del secreto al que estaban obligados–, les asignaba un título cardenalicio y entregaba a cada uno un anillo de zafiro rojo. Terminada la ceremonia, iban aquéllos a hacer una visita de etiqueta al cardenal decano.

Aunque todo lo relativo a la creación de cardenales no tenía propiamente carácter litúrgico, algunas veces los Papas quisieron dar realce a la entrega del capelo en una ceremonia en el altar del ábside de la Basílica de San Pedro, durante la cual el Papa ceñía la mitra y se revestía del manto.

Gratificaciones y propinas

La Sagrada Congregación del Ceremonial tenía impreso un folleto que entregaba al nuevo cardenal con la relación de gastos que debía realizar, en concepto de emolumentos y dádivas, a congregaciones romanas, a la Secretaría de Estado y a otros dignatarios de la Santa Sede y corte pontificia. Y todo para festejar su entrada en el Sacro Colegio, el más exclusivo círculo del mundo. En tres momentos debía consignar diversas sumas de dinero: en el de su elevación al cardenalato, en el de la imposición del capelo y en el de la toma de posesión del título o diaconía. Pero antes que nada, la Curia Romana, siempre previsora, ya había obtenido de Su Eminencia una fuerte suma como adelanto para sus gastos de entierro.

Al ser elevado a la sagrada púrpura, el cardenal debía pagar a la Congregación de Propaganda Fide el anillo cardenalicio que ella, por un antiguo privilegio, le proporcionaba en exclusiva. Monseñor sacrista, el preste, el diácono y subdiácono de la Capilla Pontificia, el secretario del Sacro Colegio, los Ceremonieros, el maestro de los Cursores Apostólicos, el contable del Sacro Colegio, los barrenderos secretos de Su Santidad, los palafreneros, los sediarios y el custodio de los Libros de la Capilla Pontificia recibían la primera lluvia de oro que caía de las manos del recién creado (como sobre Dánae la de Júpiter metamorfoseado).

Los beneficiarios de la segunda serie de gratificaciones eran ahora: los camareros secretos, los ayudas de cámara, el portador del capelo, los sacristanes, el cochero de la Familia Pontificia, otra vez los barrenderos secretos de Su Santidad, la Guardia Suiza, los cornetas y tambores de la Guardia Palatina, los bomberos y otros funcionarios menores. En fin, el día en el que iba a tomar posesión de la iglesia de su título cardenalicio o diaconía, debía recompensar a aquellos a quienes la misma estuviera encomendada y a todas las congregaciones romanas de las que había de formar parte.

Los cardenales sin mayores medios económicos hacían frente a estas “bagatelas” gracias a un adelanto que les hacía el Santo Padre. En cuanto a los pertenecientes al clero regular, pagaba la orden o congregación. Hoy han desaparecido las tasaciones minuciosas que acabamos de reseñar, pero la costumbre persiste, aunque su ámbito es mucho más reducido y la suma a erogar resulta más bien simbólica.

Lo Peor del Aborto: Matar a un NO inocente

Lo Peor del Aborto: Matar a un NO inocente:



LO PEOR DEL ABORTO: MATAR A UN NO INOCENTE

El Diablo celebra cada vez más el MERCADO DEL ABORTO.

Con él mata varios pájaros de un tiro:

1º Roba almas que fueron pensadas y creadas por el que las formó desde el seno de su madre: "Por Ti he sido sustentado desde el vientre" (Salmo 71, 6). Pero además,

2º induce al HOMICIDIO. Tanto los padres, los doctores, los políticos, los periodistas, los opinólogos que consintieron de una manera u otra con algún aborto, con muchos o con todos; sufren la pena de estar excomulgados y en pecado mortal; del que si no se arrepienten a tiempo, irán al Infierno con NO SÓLO las penas de daño, que es el dolor de estar separado para siempre de Dios (como el que padecerán los niños nonatos que directa o indirectamente ASESINARON); sino también con las penas del fuego y del dolor tremendamente profundo y eterno del Infierno.

3º Sustenta el peor crimen: LA HEREJÍA. Recordando la sentencia infalible del Papa San Pio X en Editae Sapae: "Es un hecho cierto y bien establecido que no hay ningún otro crimen que ofenda tan gravemente a Dios ni le cause su gran Ira, como lo hace el vicio de la herejía"; deberíamos recordar la facilidad con la que el demonio, por medio de sensibilidad carnal, respeto humano, desorden doctrinal o de valores (que siempre terminan anteponiendo el hombre al Dios que merece el Primer Lugar en todo) puede arrojarnos al "infierno" en tierra de la Herejía y de la Apostasía.

Basta ver el ECUMENISMO, el SINCRETISMO y la COMMUNICATIO IN SACRIS con herejes, cismáticos e idólatras que, como prácticas enemigas de Dios y de su Iglesia, solemnemente censuradas y castigadas, afloran por doquier para hacer de una repulsión compartida una "causa" común. Pues sépase que no hay otra causa y fundamento del bien que la Verdad; y sin ésta, temerario es todo consorcio y acción conjunta.

Cuántos son los protestantes con los falsos católicos que hacen de la "SANGRE INOCENTE" que tantas veces acusa la Biblia; la traslación herética a los niños abortados.

¡Los niños abortados no se salvan! Ellos no son concebidos y engendrados inocentes. Ellos Pierden a Dios porque el Pecado Original, que sólo se lava con las Aguas del Bautismo, no les fue borrado. Quien dice lo contrario es un HEREJE. Y ser un hereje acarrea un infierno con peores castigos que el de perder sólo a Dios.

¿O diremos como Rousseau que el hombre nace bueno y la sociedad lo pervierte? ¿Caeremos en esa subversiva filosofía y en esa antigua herejía del Pelagianismo? Negar el Pecado Original es negar la Necesidad Absoluta del Bautismo, es negar la Encarnación de Cristo, es negar la Cruz Redentora y todos los tesoros que la Misericordia de Dios, con tanto amor, nos regaló a través de su Hijo Jesucristo y de su Iglesia, que es su Cuerpo.

El alma que muere sin bautismo no nace a la Vida. Pero aquel que sostiene la herejía de afirmar Inocencia (en sentido literal) en cualquier persona manchada con el Pecado Original, aún de días de gestación; se hace acreedor a un infierno mucho más terrible.

Por eso enseña la Iglesia infaliblemente:

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, sesión 11, 4 de febrero de 1442, ex cathedra: “En cuanto a los niños advierte que, por razón del peligro de muerte, que con frecuencia puede acontecerles, como quiera que no puede socorrérseles con otro remedio que con el bautismo, por el que son librados del dominio del diablo [el pecado original] y adoptados por hijos de Dios, no ha de diferirse el sagrado bautismo por espacio de cuarenta o de ochenta días o por otro tiempo según la observancia de algunos…”.


Papa Martín V, Concilio de Constanza, sesión 15, 6 de julio de 1415 – Condenando los artículos de Juan Wiclef – Proposición 6: “Los que afirman que los hijos de los fieles que mueren sin bautismo sacramental no serán salvos, son estúpidos e impertinentes por decir esto”. – Condenado


Papa San Zosimo, Concilio de Cartago, Canon sobre Pecado y Gracia, 417: “También se ha decidido, que si alguno dijese que por esta razón el Señor dijo: ‘En la casa de mi Padre hay muchas moradas’ [Juan 14, 2], que ello puede entenderse que en el reino de los cielos habrá algún lugar intermedio o cualquier otro lugar donde viven los niños benditos que partieron de esta vida sin el bautismo, sin el cual no pueden entrar en el reino de los cielos, que es la vida eterna, sea anatema”.

Papa Pablo III, Concilio de Trento, del Pecado Original, sesión V, ex cathedra: “Si alguno niega que hayan de ser bautizados los niños recién salidos del seno de su madre, aun cuando procedan de padres bautizados, o dice que son bautizados para la remisión de los pecados, pero que de Adán no contraen nada del pecado original que haya necesidad de ser expiado en el lavatorio de la regeneración para conseguir la vida eterna, de donde se sigue que la forma del bautismo para la remisión de los pecados se entiende en ellos no como verdadera, sino como falsa: sea anatema”.


Lo cual significa que el lavatorio de la regeneración, lo que es el santo sacramento del bautismo, es de absoluta necesidad para todas las almas que viven desde la promulgación del Evangelio. Quien lo niega no siente como siente la Iglesia.

Es necesario nacer por el agua para entrar en el Reino de Dios. Pero para el Segundo Nacimiento, es necesario el Primero. Es necesario NACER. Entonces lo que dijo Jesús en Jn 3, 5: "El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios"; podría también decirse: "El que no nace (...) no puede entrar en el reino de Dios". Por eso la Iglesia siempre bendijo los vientres de las embarazadas, y hay tantas oraciones para la "Dulce Espera". He ahí la importancia del natalicio, y las tragedias de la acción diabólica y el desorden que ha causado el pecado original en el mundo, los que frustran absolutamente todos los nacimientos. Cristo murió por TODOS para salvar a MUCHOS (que son la minoría de TODOS). Cristo murió para que todos se salven, para que todos nazcan; pero si se pierden, si no nacen; es por el pecado de los padres o porque Dios en su Omniciencia evitó peores condenaciones, o por diversas adversidades que jamás son hijas de la Voluntad Divina. Dios en su infinita Misericordia, de todo mal que permite (Él no crea el mal) siempre permite justamente el mal menor: ¿Quién puede juzgar sus designios por aquellos no nacidos, más aún en estos tiempos de apostasía y de tremendas y numerosísimas condenaciones infernales? Por algo dijo del Traidor: "Más le valdría no haber nacido" (Mt 26, 24; Mc 14, 21). Pues es preferible no haber nacido que convertirse en un apóstata y un hereje.

No en vano dice el Hno Pedro Dimond OSB:

"La peor parte del aborto es el hecho de que a estos niños se les impide la entrada al cielo; no lo es el que no lleguen a vivir en este mundo pagano. Satanás se deleita en el aborto porque sabe que sin el sacramento del bautismo estas almas nunca podrán ir al cielo. Si niños abortados fuesen directamente al cielo sin el sacramento del bautismo, como muchos creen hoy, entonces Satanás no estaría detrás de los abortos".



Una foto: la calma antes de la tormenta perfecta

Una foto: la calma antes de la tormenta perfecta:

Esta foto acaba de aparecer a la luz pública. Se trata de una foto entre una serie que nadie sabía de su existencia. Ninguna de las fotos tiene nada de especial, ni un particular interés histórico. Muestran a Hitler en diversos momentos de su vida como Canciller.

Casualidades de la vida, tengo la misma foto tomada por otro fotógrafo desde otro ángulo de la misma sala. El arzobispo es el nuncio Cesare Orsenigo.

Pero esta foto en concreto ejerce en mí una especial fascinación. Cada vez que la miro no puedo dejar de interrogarme acerca de lo cerca que estaban un seguidor de Cristo (el obispo que da la espalda) y un seguidor del Mal. Apenas un metro separa dos destinos, quizá dos eternidades.

El obispo charla con el Ministro de Asuntos Exteriores. El engreido e inútil de Von Ribbentrop. No puedo dejar de ver una cierto aire de superior condescendencia en la sonrisa del Ministro. Qué lejos estaba de saber que en pocos años sería ahorcado en una prisión aliada. Si en ese cóctel hubiera recibido una visión de su futuro, hubiera tenido que sentarse bajo la impresión.

El mismo soldado de las SS que hace guardia en un extremo de la foto, ¿qué habría pensado si hubiera sabido que esa cancillería sería enteramente destruida, que todos los generales allí presentes rodarían por los enlodados campos de batalla hasta rendirse sin ninguna gloria?

Hay un camarero detrás de Hitler que me llama la atención. Mira al obispo con una silenciosa pero intensa atención. No sé, creo notar sorpresa y reflexión en esa cara. La sorpresa de encontrar allí a un obispo. La reflexión que le produce el contraste entre la ideología satánica que reinaba en esa casa y el credo del Cordero Degollado que representaba ese hombre allí. Quizá él mismo había sido católico antes de entrar en el Partido. Quizá recordaba las enseñanzas de su niñez. Su rostro no es de desdén, ni de altanería, está reflexionando, unos segundos de reflexión antes de que el cóctel siguiera su curso y sus movimientos.

Por último, el oficial de las SS detrás del grupo del primer plano. Se preocupa de su flamante uniforme. Si no murió en un campo de batalla, o en un campo de prisioneros ruso, probablemente se encargaría de quemar ese uniforme con todos sus galones para que no se lo encontraran los aliados.

El Futuro pendía sobre todos ellos, y no lo sabían. Un futuro wagneriano, épico. ¿Qué futuro puede estar sobre nuestras cabezas sin nosotros saberlo? ¿Puede cambiar todo en cuestión de un año? ¿Cambiará a mejor en el caso de que haya un cambio radical rápido? No. Las fuerzas acumuladas en el presente son el presagio de tormentas. El buen cambio vendrá después de la tormenta. Pero ahora las tensiones que contra la Ley de Dios ha acumulado nuestra civilización, sólo pueden augurar el oscuro presagio de una gran tormenta. Hemos quebrantado el Orden del Creador una y otra vez, cada vez más más, progresívamente más rápido. Veo tensiones irresueltas, crecientes, en nuestra sociedad y en el mundo. Vienen las tormentas.

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