viernes, 21 de septiembre de 2012

LA HOJA DEL ARCE - EL PEOR DE LOS FINALES, EL MEJOR DE LOS PRINCIPIOS

EL PEOR DE LOS FINALES, EL MEJOR DE LOS PRINCIPIOS


En cada momento, la mano de DIOS se hace sentir, sobretodo en el cuidado a su Iglesia.
Ahora en este tiempo de crisis y rupturas en tantas cosas, ahora que hay más que presagios, claros indicios de grandes cambios; el Espíritu Santo nos recuerda que la Iglesia -la única institución divina en la tierra- va a predominar y superar cualquier mal.
El otro día compartía con vosotros mi idea, de que en cada época, teníamos al Papa más conveniente. Hoy me ratifico en eso.
Puede ser que la Iglesia -siempre integrada por hombres de carne y hueso- en otros momentos de la Historia, haya tenido representantes no demasiado dignos. El Señor sabrá porque permitió esto y DIOS en su misericordia les haya perdonado a los que fueron así. Sin embargo, los últimos Papas, especialmente desde el inicio del Siglo XX, han sido modélicos en servicio y santidad...
Podría hablar de San Pío X que ya es santo, de Pío XII que tuvo que bregar y lo hizo contundentemente tanto con el nazismo, como con el marxismo, o de Juan XXIII el papa bueno, el del Concilio, que también está en proceso de beatificación; sin embargo quiero centrarme en los dos últimos Papas: Juan Pablo II y S.S. Benedicto XVI.
¿Habrá señal más inequívoca del mimo de DIOS por su Iglesia que la elección de estos dos gigantes de la fe y del amor de DIOS? Precisamente en estos momentos de este terremoto espiritual mundial estas dos figuras referentes son claramente providenciales. DIOS está nítidamente presente, yo no tengo duda.
Todos los Papas anteriores, y estos dos últimos lo confirman, vienen preparando al mundo para lo que ya, irremediablemente se nos viene encima. ¡Hay que saber leer en los signos de los tiempos!
No, no es pintar un panorama sombrío, no es vestir todo de sombras, solo basta mirar alrededor y contemplar.
Hoy los hombres son más tercos y obstinados que nunca, la dura cerviz bíblica ahora lo es, como en ninguna otra época.
Los hombres ya no quieren a DIOS, pero no se entienden entre ellos. Perdieron la comunicación con el cielo y también olvidaron como amarse. Los odios afloran, los enfrentamientos son continuos, las guerras se suceden. Separación, secesión y divorcio son palabras comunes que se aceptan individual y colectivamente y se alimentan cada día con nuevos insultos, con peores ofensas, con los desafíos más agravantes.
¿Hasta donde y hasta cuando va a permitir DIOS tanto...?
Al mismo tiempo, las pistas de un cambio inminente, nos las da también el mismo suelo que estamos pisando:
El cambio climático es un hecho. La capa de ozono sigue un deterioro que parece imparable. Los bosques cada vez arden con más frecuencia.  Se suceden muchos más terremotos y tsunamis, que en cualquier otro tiempo. Los polos de la tierra se deshielan irremediablemente y las tormentas solares nos afectan con mayor peligrosidad...; estos son hechos contrastables.
¿Cuanto tiempo nos resta para continuar viviendo tal como lo estamos haciendo ahora?
Son tantos los daños causados, es tal la velocidad vertiginosa de los acontecimientos, que la solución solo pasa por una transformación radical que únicamente debe venir de la mano de DIOS. Sin embargo, no podemos olvidar que Nuestro DIOS nos quiere y no nos va a abandonar a pesar de todos nuestros trapicheos, de nuestras enormes miserias.
Repito mi idea primera. Dios dispone para su Iglesia los Papas más apropiados para cada momento de su Historia. Pero los dos últimos Pontífices son poderosos focos de luz divina.
Juan Pablo II inició su reinado con una frase que debería ser la que nos guíe siempre, pero en estos -últimos tiempos- mucho más:
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¡NO TENGAIS MIEDO!
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El Santo Padre Benedicto XVI, lo sigue repitiendo y confirmando en muchos de sus discursos:
"San Juan nos dice que este amor perfecto aleja todo temor (Jn 4,18). Por eso os digo a todos vosotros: “No tengáis miedo”."
Benedicto XVI en La Valletta 18 de abril de 2010
"Las palabras con las que el ángel confortó los corazones atemorizados de las mujeres en la mañana de Pascua, se dirigen a todos: “¡No tengáis miedo!…No está aquí. Ha resucitado” (Mt 28,5–6).
Mensaje Urbi et Orbi de Benedicto XVI. Pascua 2006
"Por tanto, no tengáis miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la universidad, en el colegio y en todas partes"
Benedicto XVI a los jóvenes del UNIV el 19 de marzo de 2008.
Llama la atención las veces en las que el Santo Padre repite esas palabras: «No tengáis miedo». Lo hace en cantidad de sus discursos (esta es solo una pequeñísima muestra). Posiblemente sorprende más porque tendemos a relacionar esta expresión solo con JPII..., pero esta es una señal más, de que el mensaje es exactamente el mismo, porque así tiene que ser y no puede ser de otro modo. A lo que venga no hay que temerle, DIOS está con su pueblo siempre. Es fiel, como no lo somos, es bueno como deberíamos serlo. Es AMOR. ¡Quien como DIOS!
Ahora quisiera dar una nueva vuelta de tuerca. Ciertamente parece que estamos ante un seguro "fin" de algo, ante el cual NO debemos temer. Pero entonces me surge la siguiente pregunta:
¿Como deberíamos portarnos los cristianos de a pié, los que queremos ajustar nuestro paso a los del Señor, en estos momentos tan cruciales?, ¿Que debemos hacer?, ¿Como nos debemos comportar?
La respuesta, una de ellas al menos, yo me la encuentro precisamente gracias a la acción de los últimos Papas. Concretamente a las últimas canonizaciones que la Iglesia ha hecho.
A pesar de las muchas críticas por la premura de ciertas beatificaciones, el Magisterio de la Iglesia no hace nunca nada porque sí, más que nada porque está asistido por el Espíritu Santo..., y huelga decir más.
Los últimos santos que han subido a los altares, que al igual que los Papas han llegado cuando tenían que llegar; se sitúan como antorchas especialmente brillantes, para este nuevo tiempo.
¿Y que hicieron esos hombres y mujeres que la Iglesia hoy nos propone como modelos para estos días de ocaso?
Nada extraño, nada ajeno a lo que hicieron otros santos y santas de otros tiempos. La Iglesia no hace nada más que actualizar su mensaje y decirnos que la santidad es posible, en cualquier tiempo y circunstancia. Pero sobretodo creo que esos nuevos santos tienen algo muy en común:
Que yo sepa, a pocos de ellos se les conocen hechos particularmente extraordinarios. Creo que estos nuevos paradigmas que la Iglesia nos propone son los santos de "lo normal", de lo cotidiano, del día a día, del hacer cada día lo que hay que hacer, con esfuerzo, sin altavoces, sin grandes hazañas, salvo la tremenda aventura del amar día a día y cada día más.
Creo que un buen prototipo de esto es San Josemaría Escrivá, beatificado por el Papa Juan Pablo. San Josemaría es el santo del trabajo diario, pero en ese mismo saco podemos meter a Guisseppe Moscati que alcanzó la santidad ejerciendo su profesión, la medicina; o también a Josefina Bakhita, que la logró limpiando, cocinando y cuidando a los más pobres, hasta el final de su vida.
Estos son los grandes espejos en los que nos debemos ver los cristianos de este siglo. ¿Que debemos hacer, pues? Hacer simplemente LO QUE TENEMOS QUE HACER, y HACERLO POR AMOR.
Los santos son personas "normales" que sin levantar ruido, han amado a Dios y a los hombres, ese es el mensaje, también válido para este tiempo.
También –dice Benedicto XVI– los santos sencillos, es decir, las personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizados. Son personas normales, por decirlo así, sin un heroísmo visible, pero que en su bondad de todos los días veo la verdad de la fe. Esta bondad, que han madurado en la fe de la Iglesia, es para mi la apología más segura del cristianismo y la señal que indica dónde esta la verdad”.
Al final, el amor -de cada día- es lo único importante. Pero la pregunta consiguiente  y ya final es:
¿Podré afrontar SIN MIEDO todo lo que venga?, ¿Podré hacerlo yo, con mis fuerzas?,
La respuesta es clara, y nos las da otra vez el Papa:
Una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, porque es Dios, el que nos hace santos, y la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior, es la vida misma de Cristo Resucitado, que se nos ha comunicado, la que nos transforma”.
Sabiendo que nada depende de mis pobres fuerzas, quedo tranquilo. Y pongo en EL toda mi confianza. En realidad la santidad, no consiste tanto en "hacerse", como en dejarse hacer. "¡FIAT" (¡que enorme lección de Nuestra Madre!)
Ahí está la clave. Si este mundo en vez de empecinarse en CAER obstrusamente en el egoísmo, en la vanidad, en la soberbia, en el error, se abandonase a DIOS por entero, este final que ya se avecina -súbitamente-, sería el mejor de todos LOS PRINCIPIOS.
DIOS no nos deja, ni nos abandona.., la cuestión es que nosotros queramos -o no- aceptar su mano tendida. De nosotros, depende. ¡Ojalá sepamos darnos cuenta y rectificar!.. mientras haya tiempo..., que como sabemos es finito.
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