miércoles, 27 de junio de 2012

LAS VIRTUDES (1)

LAS VIRTUDES (1):
LAS VIRTUDES CARDINALES

1. Noción

Como ya hemos dicho más arriba, el nombre de «cardinales» se deriva del latín cardo, cardinis, el quicio o gozne de la puerta; porque, en efecto, sobre ellas, como sobre quicios, gira y descansa toda la vida moral humana y cristiana.

2. Número

Las virtudes cardinales son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. La prudencia dirige el entendimiento práctico en sus determinaciones; la justicia perfecciona la voluntad para dar a cada uno lo que le corresponde; la fortaleza refuerza el apetito irascible para tolerar lo desagradable y acometer lo que debe hacerse a pesar de las dificultades, y la templanza pone orden en el recto uso de las cosas placenteras y agradables.

3. El conjunto total de las virtudes infusas teologales y morales podría representarse gráficamente con una imagen astronómica, que estaría formada del siguiente modo:

a) Tres grandes estrellas o soles con luz propia: fe, esperanza y caridad.
b) Cuatro grandes planetas con luz recibida del sol: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
c) Muchas virtudes satélites relacionadas con sus respectivos planetas, como derivadas o anejas.

Estudiadas ya las tres virtudes estrellas o soles, vamos a abordar ahora el estudio de los cuatro planetas, que son las cuatro virtudes cardinales, que, a su vez, nos darán paso al estudio de sus correspondientes satélites o virtudes derivadas que se relacionan en algún aspecto con su virtud cardinal correspondiente.


LA VIRTUD DE LA PRUDENCIA


1. Noción

La prudencia es una gran virtud que tiene por objeto dictarnos lo que tenemos que hacer en cada caso particular. Como virtud natural o adquirida fue definida por Aristóteles: «La recta razón en el obrar», Como virtud sobrenatural o infusa puede definirse: «Una virtud especial infundida por Dios en el entendimiento práctico para el recto gobierno de nuestras acciones particulares en orden al fin sobrenatural».

Expliquemos un poco los términos de la definición.

a) Una virtud especial; distinta de todas las demás.

b) Infundida por Dios en el entendimiento práctico. Como es sabido, el entendimiento es una de las potencias o facultades del alma (como la memoria y la voluntad). Pero el entendimiento se subdivide en especulativo y práctico. EI especulativo se dedica a La formulación teórica de los principios en que se apoya La prudencia, mientras que el práctico recae sobre los actos particulares o concretos que hay que realizar. La prudencia, como virtud, recae precisamente sobre esos actos concretos que han de realizarse: luego reside en el entendimiento práctico, no en el especulativo.

c) Para el recto gobierno de nuestras acciones particulares. EI acto propio de La virtud de La prudencia es dictar (en sentido perfecto, o sea, intimando o imperando) lo que hay que hacer en concreto en un momento determinado hic et nunc, habida cuenta de todas Las circunstancias y después de madura deliberación y consejo.

d) En orden al fin sobrenatural. Es el objeto formal o motivo próximo, que La distingue radicalmente de La prudencia natural o adquirida, que sólo se fija en Las cosas de este mundo.

2. Importancia

Es La más importante de todas Las virtudes morales, después de La virtud de La religión como veremos en su lugar. Su influencia se extiende a todas Las demás, señalándoles el justo medio en que consisten todas ellas, para que no se desvíen por exceso o por detecto hacia sus extremos desordenados. Incluso Las mismas virtudes teologales necesitan el control de La prudencia, no porque consistan en el medio -como Las morales-, sino por razón del sujeto y del modo de su ejercicio, esto es, a su debido tiempo y teniendo en cuenta todas Las circunstancias; ya que sería imprudente ilusión vacar todo el día en el ejercicio de Las virtudes teologales, descuidando el cumplimiento de los deberes del propio estado. Por eso se llama a La prudencia auriga virtutum, porque Las dirige y Las gobierna todas como el que lleva Las riendas de un carruaje tirado por caballos.

La importancia y necesidad de La prudencia queda de manifiesto en multitud de pasajes de La Sagrada Escritura. EI mismo Jesucristo nos advierte que es menester «ser prudentes como Las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 10,16). Sin ella, ninguna virtud puede ser perfecta.

Es útil, además, para evitar el pecado, dándonos a conocer –adoctrinada por La experiencia- Las causas y ocasiones del mismo, y señalándonos los remedios oportunos. ¡Cuántos pecados cometeríamos sin ella y cuántos cometeremos de hecho si no seguimos sus dictámenes!

3. Funciones

Según Santo Tomás, los actos o funciones de La prudencia son tres:

a) El consejo, por el que consulta, delibera o indaga los medios y Las circunstancias para obrar honesta y virtuosamente.

b) El juicio o conclusión sobre los medios hallados, dictaminando cuáles deben emplearse u omitir hic et nunc, aquí y en este momento.

c) El imperio u orden de ejecutar el acto, que aplica a La operación los anteriores consejos y juicios. Este último es el acto más propio y principal de 1a prudencia.

4. Medios para adelantar en La prudencia

Aunque Las virtudes son substancialmente Las mismas a todo lo largo de la vida espiritual, adquieren orientaciones y matices distintos según el grado de perfección en que se encuentre un alma en un momento determinado. Y así:

A) Los principiantes -cuya principal preocupación, como vimos, ha de ser La de conservar La gracia y no volver atrás- procurarán, ante todo, evitar los pecados contrarios a La prudencia:

a) Reflexionando siempre antes de hacer cualquier cosa o de tomar alguna determinación importante, no dejándose llevar del ímpetu de La pasión o del capricho, sino de Las luces serenas de La razón iluminada por La fe.

b) Considerando despacio el pro y el contra, y Las consecuencias buenas o malas que se pueden seguir de tal o cual acción.

c) Perseverando en los buenos propósitos, sin dejarse llevar de La inconstancia o negligencia, a Las que tan inclinada está La naturaleza viciada por el pecado.

d) Vigilando cuidadosamente la prudencia de La carne, que busca pretextos y sutilezas para eximirse del cumplimiento del  deber y satisfacer Las pasiones desordenadas.

e) Procediendo siempre con sencillez y transparencia, evitando toda simulación, astucia o engaño, que es indicio seguro de un alma ruin y mezquina.

f) Viviendo el día -como nos aconseja el  Señor en el Evangelio (Mt 6,34)-, sin preocuparnos demasiado de un mañana que no sabemos si amanecerá para nosotros, y que, en todo caso, estará regido y controlado por La providencia amorosa de Dios, que viste hermosamente a los lirios del campo y alimenta a Las aves del cielo (Mt 6,25-34).

Pero no se han de contentar los principiantes con este primer aspecto puramente negativo de evitar los pecados. Han de comenzar a orientar positivamente su vida por Las vías de La prudencia, al menos en sus primeras y fundamentales manifestaciones. Y así:

a) Referirán al último fin todas sus acciones, recordando el principio y fundamento que pone San Ignacio al frente de los Ejercicios: «EI hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y Las otras cosas sobre La haz de La tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden a La prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas cuanto para ello le impiden».

b) Procurarán plasmar en una máxima importante, de fácil recordación, esta necesidad imprescindible de orientarlo y subordinarlo todo al magno problema de nuestra salvación eterna: « ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mt 16,26). « ¿De qué me aprovechará esto para La vida eterna?» (San Juan Berchmans), o, como dice el conocido cantarcillo: «La ciencia más encumbrada es que el hombre en gracia acabe, que al final de La jornada, el que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada».

B) Las almas adelantadas, cuya principal preocupación ha de ser La de adelantar más y más en La virtud, sin abandonar, antes al contrario, intensificando todos los medios anteriores, procurarán elevar de plano los motivos de su prudencia. Más que de su salvación, se preocuparán de La gloria de Dios, y ésta será La finalidad suprema a La que orientarán todos sus esfuerzos. No se contentarán simplemente con evitar Las manifestaciones de La prudencia de La carne, sino que La aplastarán definitivamente practicando con seriedad La verdadera mortificación cristiana, que le es diametralmente contraria. Sobre todo, procurarán secundar con exquisita docilidad las· inspiraciones interiores del Espíritu Santo hacia una vida más perfecta, renunciando en absoluto a todo lo que distraiga o disipe, y entregándose de lleno a la magna empresa de su propia santificación como el medio más apto y oportuno de procurar La gloria de Dios y La salvación de Las almas. Nunca trabajamos tanto para ambas cosas como cuando nos esforzamos en nuestra propia santificación para honra y gloria de Dios.

C) Los perfectos practicarán en grado heroico La virtud de La prudencia movidos por el Espíritu Santo mediante el don de consejo, del que hemos hablado brevemente en su lugar correspondiente.


(Tomado de "Ser o no ser santo, esa es la cuestión", de Royo Marín)

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