lunes, 14 de mayo de 2012

¿El ángel de la guarda es menos inteligente que el demonio?

¿El ángel de la guarda es menos inteligente que el demonio?:
La Iglesia enseña que Dios creó a los ángeles muy superiores a nosotros. Al ser espíritus puros, de inteligencia lucidísima y con gran poder, ellos superan, por su misma naturaleza, a los hombres mejor dotados.
Con su rebelión, los ángeles malos perdieron la virtud, pero no su inteligencia ni su poder. Dios, según los designios de su Providencia, acostumbra a frenar la acción de ellos de alguna manera. Pero per se, y por su naturaleza, ellos siguen siendo muy superiores al hombre.
De ahí viene el hecho de que la Iglesia siempre aprobó que los artistas representaran al demonio bajo la forma de un ente inteligente, sagaz, astuto, poderoso, si bien que lleno de malicia en todos sus designios. La Iglesia incluso aprobó que el demonio fuera representado como un ente de encantos fascinantes, para manifestar de esa manera las apariencias de cualidad con que el espíritu de las tinieblas puede revestirse para seducir a los hombres.
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En nuestra primera foto, tenemos un ejemplo de esa representación del demonio. Mefistófeles, con un semblante fino, astuto, de psicólogo penetrante y lleno de verbosidad, infunde pensamientos de perdición, suaves y profundos, al Doctor Fausto, que duerme, y se halla en pleno sueño.
Este tipo de representación se ha hecho tan frecuente que casi nadie se hace la idea de cómo es el demonio sino es bajo este aspecto.
Todo esto es, como dijimos, perfectamente ortodoxo.

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¿En qué sentido son las representaciones de los ángeles buenos que hace cierta iconografía muy común?  Nos los muestran como seres eminentemente bien intencionados, felices, cándidos, y todo esto es conforme a la santidad, a la bienaventuranza, a la pureza que poseen en grado eminente. Pero esas representaciones se exceden en este aspecto, y, queriendo acentuar la bondad y la pureza de los ángeles fieles --sin saber, de otro lado, cómo expresar al mismo tiempo su inteligencia, su fortaleza, su admirable majestad--, los representan como seres insípidos y sin valor. Nuestra segunda foto muestra a una niña cruzando un riachuelo sobre una tabla. Un ángel de la guarda la protege. La pintura, siendo popular y sin pretenciones, no deja de despertar simpatías legítimas, puesto que evoca agradablemente un paisaje campestre, teniendo al fondo el campañario de la aldea, e impregnado de la inocencia de vida que tan fácilmente se puede conservar en el campo. Por otra parte es conmovedora la idea de una niña que sigue despreocupada su camino, protegida por un príncipe celestial, que la ampara cariñosamente. Pero si nos fijamos en este príncipe, ¿no parece él carente de aquella fuerza, de aquella inteligencia, de aquella penetración, de aquella sutileza propia a la naturaleza angélica y con que siempre se representa a Satanás? Fijémonos ahora en el cuerpo que se le atribuye al ángel bueno: actitud débil, flácida, carente de inteligencia. Si lo comparamos con la esbeltez, la agilidad, la alta expresión del porte de Mefistófeles: ¿Puede haber mayor diferencia?
En todo esto hay un grave inconveniente. Al representar insistentemente al demonio como inteligente, vivo, capaz, y, al representar siempre a los ángeles buenos --como lo hace la iconografía azucarada-- como seres débiles, inexpresivos, casi tontos, ¿qué impresión se va formando en el alma popular? Se forma la idea de que la virtud produce seres carentes de fortaleza y bobos, mientras que el vicio forma hombres inteligentes y varoniles.
Hay en esto más de un aspecto de aquella acción endulzada que el romanticismo ejerció tan profundamente y que sigue ejerciendo hoy en día en los medios religiosos.
Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo Nº 41 - mayo de 1954

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